EL banco mágico
Gema
Categoría:Infantil
Me llamo Gema y voy a tercero de Primaria. En mi clase casi siempre pasan cosas normales: se pierden lápices, alguien se olvida el bocadillo, el profe nos manda callar cuando hablamos mucho y, en el recreo, todos corremos por el patio, que en nuestro colegio sí que es grande y enorme.
Pero un lunes llegó un niño nuevo. Se llamaba Mateo y venía con una mochila azul y una silla de ruedas roja, de esas que tienen las ruedas grandes y brillantes. Cuando entró por la puerta, todos nos quedamos sorprendidos. Yo sé que mirar mucho está feo, pero a veces los ojos se adelantan antes que la cabeza.
El profe Carlos dijo:
—Este es Mateo. Espero que lo recibáis como recibimos a cualquier compañero: con respeto y con alegría.
Mateo sonrió un poquito, pero no mucho. Tenía una sonrisa como escondida, como cuando estás feliz, pero te da vergüenza demostrarlo.
Al principio todos fuimos amables. Le preguntamos cómo se llamaba, de dónde venía y si le gustaba el fútbol. Él dijo que sí, pero que no podía jugar igual que nosotros. Entonces algunos niños se miraron raro, como diciendo: «Pues vaya pringao».
En el recreo, Mateo se quedó cerca de un banco que hay junto al árbol grande. Yo fui a sentarme a su lado porque mi bocadillo de tortilla estaba muy caliente y quería comer tranquila. Él me dijo:
—Tu bocadillo huele muy bien.
—Es de mi mamá —le contesté—. Mi mamá cree que, si no llevo tortilla, me desmayo. Mateo se rio. Y, cuando se rio, ya no parecía tan escondido.
Durante unos días hablamos bastante. Me contó que le gustaban los cómics, los planetas y dibujar dragones con alas enormes. También me dijo que antes iba a otro colegio, pero que se había cambiado porque su familia se había mudado. Yo pensé que cambiarse de colegio debía de dar mucho miedo, porque hasta a mí me da miedo cambiarme de sitio en la fila.
P
ero no todos se portaron bien. Un día, mientras hacíamos equipos para jugar a pillar, Pedro dijo en voz baja, aunque se oyó bastante:
—Mateo no vale para esto. Siempre va a ir lento.
Mateo bajó la cabeza. Yo noté algo raro en la tripa, como cuando sabes que tienes que decir algo, pero te da vergüenza. No dije nada. Y todavía me acuerdo, porque a veces no hacer nada también duele.
Otro día, unos niños pusieron su mochila lejos para ver si podía cogerla. No se la escondieron del todo, pero se reían mientras él intentaba acercarse. Mateo no lloró. Solo apretó los dientes y dijo:
—Dejadme en paz.
Aquella tarde llegué a casa enfadada. Mi madre me preguntó qué me pasaba y yo le dije: —Nada, cosas del cole, nada importante.
Pero mi madre sabe cuándo «nada» significa «mucho». Me senté en la cocina y se lo conté todo. Ella me escuchó sin interrumpirme. Luego me dijo:
—Gema, acoger a alguien no es solo decir “hola” el primer día. Es hacerle sitio todos los días.
Esa frase se me quedó pegada en la cabeza como un chicle en la suela.
Al día siguiente, en clase de Religión, hablamos de la amigonianidad. El profe Carlos explicó que ser amigoniano era estar cerca de quien lo necesita, mirar con misericordia, ayudar sin hacer sentir pequeño a nadie y no dejar fuera a los demás. Yo levanté la mano y pregunté:
—¿Y si alguien se ríe de otro, pero tú no te ríes, aunque tampoco dices nada? El profe Carlos me miró con cariño y respondió:
—Entonces todavía estás a tiempo de hacer algo bueno.
En el recreo me acerqué a Mateo. Estaba dibujando un dragón en una hoja doblada. —Mateo —le dije—, perdón por no haber dicho nada el otro día.
Él siguió dibujando un segundo y luego me miró.
—No pasa nada.
—Sí pasa —contesté—. Pero quiero arreglarlo.
No sabía muy bien cómo, porque a veces arreglar las cosas no es como pegar un papel con celo. Algunas cosas necesitan paciencia.
Se me ocurrió una idea para el trabajo de clase. El profe Carlos nos había pedido preparar un juego para el Día de la Amigonianidad, y yo propuse inventar una gymkana en la que todos pudiéramos participar. No solo los que corren más, ni los que saltan más alto, ni los que siempre ganan.
Al principio Pedro se quejó:
—Pues será aburrido.
Mateo lo oyó, pero esta vez yo no me quedé callada.
—Aburrido es jugar siempre a lo mismo y dejar a alguien fuera —dije, sin pensarlo un segundo.
El profe Carlos nos ayudó. Hicimos pruebas diferentes: una de adivinanzas, otra de llevar una pelota sin que se cayera, otra de dibujar con los ojos cerrados y otra de contar una historia entre todos. Mateo propuso una prueba llamada «Dragones mensajeros», en la que había que pasar papeles con pistas sin tocar el suelo dibujado, como si fuera lava.
El día de la gymkana, Mateo fue el encargado de leer la primera pista. Lo hizo tan bien que todos lo escucharon en silencio. Después, en la prueba de los dibujos, su dragón ganó por goleada. Tenía escamas, fuego y hasta cara de estar enfadado porque nadie lo había invitado a merendar.
Pedro se acercó al dibujo y dijo:
—Está chulo.
Mateo contestó:
—Gracias.
Se quedaron un momento callados. Luego Pedro añadió:
—Perdón por lo de antes.
No fue un perdón de película, de esos con música y lágrimas. Fue un perdón bajito, pero yo creo que también valen. A veces las cosas importantes empiezan bajito.
Desde entonces, el banco del árbol ya no fue «el sitio de Mateo». Empezamos a llamarlo «el banco donde cabemos todos». Allí nos sentábamos cuando alguien estaba triste, cuando no nos elegían para un equipo o cuando solo queríamos hablar. Un día se sentó Pedro porque había suspendido Matemáticas. Otro día me senté yo porque se me rompió mi pulsera favorita. Y Mateo siempre decía:
—Aquí hay sitio.
Con el tiempo aprendimos que Mateo no necesitaba que le tuviéramos pena. Necesitaba amigos, como todos. También aprendimos que ayudar no es empujar la silla sin preguntar, ni hablar por él, ni tratarlo como si fuera de cristal. Ayudar era preguntarle, escucharle y hacer las cosas de una manera en la que él también pudiera estar.
Una tarde, el profe Carlos nos pidió escribir una frase sobre lo que habíamos aprendido ese mes. Yo escribí:
«Un mundo amigoniano es un mundo donde nadie se queda mirando desde fuera». Mateo escribió otra:
«Todos somos rápidos para algunas cosas y lentos para otras».
Me gustó tanto que le pedí permiso para copiarla en mi cuaderno.
Ahora, cuando llega alguien nuevo, ya no me quedo solo mirando. Me acuerdo de Mateo, de su mochila azul, de su silla roja y de su sonrisa escondida. También me acuerdo de que la acogida
no termina cuando decimos «bienvenido». Empieza justo después, cuando hacemos un hueco de verdad.
Y por eso, cada vez que veo el banco del árbol, pienso que no es un banco cualquiera. Es pequeño, de madera y está un poco viejo, pero para nosotros es como un castillo. Porque allí aprendimos que la compasión no es sentir pena, sino acercarse; que la misericordia no es olvidar lo que pasó, sino dar otra oportunidad; y que la inclusión no es decir «puedes venir», sino hacer que la otra persona sienta que ya forma parte.
Desde aquel día, en mi clase seguimos perdiendo lápices, olvidando bocadillos y hablando cuando el profe pide silencio. O sea, seguimos siendo una clase normal. Pero ahora, cuando alguien se queda solo, siempre hay alguien que dice:
—Ven, que aquí cabemos todos.
Y ese fue el final más bonito: no porque todo fuera perfecto, sino porque aprendimos a hacer sitio de verdad.