El día que el mundo cambio de color
Carlos
Categoría:Juvenil
El frío de la acera de piedra traspasaba la ropa gastada de Mateo, pero él apenas lo sentía, pues estaba perdido en pensamientos que carecían de claridad, a sus diecisiete años, el mundo se había reducido a una pequeña bolsa de plástico con sustancias y al ruido constante en su cabeza que le pedía más y más cada vez, ya llevaba meses que las calles de la ciudad eran su hogar, siendo forzado a estar en una situación así desde que los gritos en casa se volvieron insoportables y las mentiras para conseguir dinero terminaron por romper el último lazo de confianza con su madre.
Mateo miraba sus manos temblorosas, recordaba su vida, al chico que jugaba fútbol los sábados y que soñaba con ser mecánico y reparar autos asombrosos de personas importantes que le tuvieran aprecio por ser alguien en quien confiar, ahora, esos recuerdos se sentían ajenos a los suyos pues parecía la vida de un extraño o la de un hombre en una película, su adicción lo había despojado de todo lo que el representaba, su dignidad, sus amigos, sus objetivos y lo que quedaba de él no era más que una mancha difusa de lo que él era antes, se sentía como un náufrago en medio de las calles de una ciudad que antes parecía acogerlo pero que ahora lo ahoga y reprime, esperando que la marea se lo llevara definitivamente.
A unos metros de donde estaba, la puerta de una casa antigua de paredes blancas se abrió, un hombre con una túnica sencilla y una sonrisa amable salió a barrer la acera, era el hermano Carlos, miembro de la Congregación de Religiosos Terciarios Capuchinos, conocidos por todos como los Amigonianos, Carlos no tardó en notar la silueta encorvada del joven, el supuso que era culpa del hambre o del frío, en su mirada no hubo reproches, ni desconfianza, solo compasión hacia un joven que parecía necesitar ayuda.
—Buenas noches, hijo —dijo el hermano Carlos, acercándose despacio— Hace frío hoy ¿Te gustaría pasar a tomar un café caliente?
Mateo lo miró de reojo a la defensiva y con desconfianza, esperaba regaños por su situación o que lo echaran del lugar, como era costumbre cuando lo veían, pero la voz del religioso transmitía una calma que lo sorprendió y tranquilizo, el hambre y el cansancio físico por haber estado vagando en los últimos días pudieron más que su orgullo, entonces asintió con la cabeza y, arrastrando los pies acepto la ayuda y entró al lugar.
Esa tarde marcó el inicio de un largo y duro camino que Mateo tuvo que caminar lentamente, en la congregación, Mateo conoció la pedagogía del amor, el pilar fundamental que el padre Luis Amigó, fundador del lugar que ahora lo acogía había dejado como legado para aquellos que estuvieran en uno de sus hogares, los religiosos y los educadores del centro no veían a Mateo como un “caso perdido” o un “delincuente”, situación que de nuevo sorprendió a Mateo pues lo veían como un joven que sufría y que necesitaba ser escuchado.
Los primeros días fueron un desafío muy grande, el síndrome de abstinencia golpeó el cuerpo de Mateo con la furia de meses de golpes causados por las sustancias, hubieron noches de fiebre, sudores fríos y arranques de ira en los que golpeaba las paredes preso de la desesperación, gritaba que quería irse, en cualquier otro lugar su comportamiento habría sido motivo de expulsión, pero los Amigonianos que practicaban la misericordia y la paciencia no se rindieron con él.
Durante las crisis más duras, que maltrataban el ímpetu de Mateo, el hermano Carlos se sentaba junto a su cama, no le decía qué hacer, ni lo obligaba a forzar el cambio que su cuerpo necesitaba, simplemente estaba allí, ofreciéndole su compañía un vaso de agua y rezando en silencio.
—¿Por qué pierdes el tiempo conmigo? —le gritó Mateo una noche, llorando de frustración y desesperación— ¡Soy una basura! He robado, he mentido a la gente que me quería, no el esfuerzo, ¡¿Por qué?!
El hermano Carlos le puso una mano en el hombro, con firmeza, pero con la ternura de alguien que tiene fe en lo que puedes lograr.
—Para nosotros, tú eres valioso e importas, Dios no nos llama a juzgar el pasado, sino a construir el futuro, San Francisco de Asís y el padre Luis Amigó nos enseñaron que el amor ayuda a sanar lo que la sociedad da por roto, aquí no estás solo, aquí todos somos una familia, y la familia no se rinde.
Esas palabras sembraron una pequeña semilla en la mente del joven “¿y si realmente era posible cambiar?” se decía a sí mismo. Con el paso de las semanas, el cuerpo de Mateo empezó a limpiarse y con la claridad mental regresaron los dolores más fuertes, no los físicos, los de su alma y su corazón, el remordimiento por el daño causado a su familia lo perseguía y abrumaba, fue entonces cuando el centro Amigoniano introdujo el valor de la responsabilidad y la valoración del trabajo.
Mateo fue asignado al taller de carpintería que había en el lugar, dirigido por el maestro Andrés, un hombre de pocas palabras, pero de gran corazón, cuando empezó, el joven miraba la madera con desinterés, pues no le veía sentido a moldear un pedazo de madera, pero poco a poco descubrió la magia de transformar un trozo de tronco rugoso en una superficie suave y útil.
—La madera es como nosotros Mateo —le dijo su maestro Andrés un día mientras lijaban una mesa— a veces viene golpeada, con nudos difíciles y torcida por el viento y las dificultades de la vida, pero si le dedicas tiempo, paciencia y la tratas con cuidado, pensando en lo que se puede convertir descubres la belleza que siempre estuvo escondida dentro.
El trabajo manual le devolvió a Mateo el sentido del orden y la disciplina, pues buscar una forma de aprovechar la madera le devolvió la claridad y le devolvió la capacidad de resolver
problemas, cada mueble terminado era una victoria contra la ansiedad, aumentando su paciencia cada vez que tomaba las herramientas, aprendió el valor del esfuerzo y empezó a experimentar la alegría de servir a otros, colaborando en la cocina y ayudando a los compañeros más nuevos que ingresaban al centro en condiciones similares a las que él había llegado, así devolviendo un poco de la ayuda que el había recibido, la comunidad Amigoniana funcionaba como un reloj donde cada uno cuidaba del otro, viviendo de manera fraterna día a día.
La verdadera prueba le fue entregada a Mateo seis meses después, como parte de su proceso de reinserción y siguiendo el principio Amigoniano de la confianza, se le permitió a Mateo salir por las tardes para asistir a clases nocturnas de bachillerato.
Una tarde al salir de la escuela se topó en una esquina con el “Chino”, uno de los viejos conocidos de su época en la calle, el Chino lo saludó con entusiasmo y tras notar su buen y renovado aspecto vio una oportunidad, sacó del bolsillo una pequeña bolsa de sustancias.
—Mira lo que tengo Mateo, la de siempre, para recordar los viejos tiempos, una dosis gratis por nuestra amistad.
El corazón de Mateo se vio sobrepasado, el ruido en su cabeza que las sustancias causa regresó con la fuerza de un huracán, por primera vez en un buen tiempo sintió el miedo, el deseo y los recuerdos de la falsa satisfacción que le daban las sustancias lo asaltaron en un segundo llenando su cabeza con incertidumbre, estaba a solas con su libertad, el hermano Carlos no estaba allí, ni el maestro Andrés, esta vez era solo su decisión, el decidía si volvía al camino de las sustancias o continuaba con su reinserción social, todo por lo que había trabajado en los últimos meses y el esfuerzo que hizo ahora se ponía en una balanza.
Miró la bolsa y luego miró las manos del Chino, sucias, descuidadas y mal intencionadas, el miró sus manos y a diferencia de las del Chino estaban limpias, con ligeras marcas por el trabajo en la carpintería con el maestro Andrés, recordó las palabras de aceptación incondicional que recibió cuando no era nadie, cuando estaba hundido en sustancias, el esfuerzo de la congregación por devolverle la dignidad y sobre todo, el respeto que había aprendido a tenerse a sí mismo.
—No gracias Chino —dijo Mateo con una voz que tembló más de lo que quiso, pero rápidamente retomó el valor y dijo lo que debía — Yo ya no estoy en esa vida, estoy haciendo algo mejor para mí.
Se dio la vuelta y caminó rápido hacia la casa Amigoniana, cuando cruzó la puerta, corrió al jardín y se echó a llorar, pero esta vez no eran lágrimas de dolor o abstinencia, sino de liberación, por primera vez había vencido a sus propios demonios y deseos de su pasado gracias a la fuerza que la pedagogía del amor había despertado en él.
El hermano Carlos, que lo vio llegar agitado, se acercó en silencio, Mateo lo miró y le dijo —Hoy tuve la oportunidad de caer… y dije que no.
El religioso sonrió, con los ojos empañados por ver lo mucho que ya ha avanzado y lo abrazó.
—Esa es la verdadera libertad hijo, ahora eres el dueño de tu propia vida.
Un año después de su ingreso, se celebró una pequeña ceremonia en la capilla del lugar, Mateo recibía un diploma de bachiller y una certificación como técnico en carpintería, símbolo de lo que había logrado, en la segunda fila del público, sentada y llorando por la felicidad y la emoción de ver a su hijo retomar un buen camino, estaba su madre, con quien la congregación había contactado cuando Mateo empezó a demostrar que si estaba dispuesto a cambiar.
Al terminar el acto, Mateo se acercó al altar donde estaba la imagen del padre Luis Amigó, miró el rostro del fundador, que parecía observarlo con benevolencia, el joven entendió que los valores Amigonianos no eran simples palabras escritas en un papel, sino un deseo que transmitía un cambio en las vidas de jóvenes como el a través de los brazos abiertos y la paciencia de la congregación, había entrado como un joven perdido y salía como un hombre nuevo, listo para seguir con su vida y devolver el favor que le hizo la congregación como un mejor humano siendo así una luz para otros que aún caminaban en la oscuridad de la misma forma en que él lo hizo.
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