Corazones entre rejas

AA

Categoría:Infantil

Mi papá trabajaba en una cárcel y durante muchos años ese fue también mi lugar favorito. Sé que suena extraño. A otros niños los llevaban a parques o a centros comerciales. A mí me tocaba pasar las tardes entre rejas, uniformes azules y hombres que casi nunca sonreían…

Mi papá trabajaba en una cárcel y durante muchos años ese fue también mi lugar favorito.
Sé que suena extraño.

A otros niños los llevaban a parques o a centros comerciales. A mí me tocaba pasar las tardes entre rejas, uniformes azules y hombres que casi nunca sonreían. Mi papá era guardián del INPEC y, como no tenía con quién dejarme cuando yo salía temprano del colegio, terminaba llevándome con él. Los demás trabajadores ya me conocían. Una señora del restaurante me regalaba jugo de mora y otra me dejaba quedarme sentada cerca de la cocina mientras hacía tareas.

Pero mi lugar favorito era la biblioteca. Era pequeña, silenciosa y olía a libros viejos y humedad. No había cuentos infantiles ni libros para niños. Solo novelas enormes, enciclopedias rotas y poemas subrayados por hombres que probablemente seguían encerrados detrás de esas paredes. Fue allí donde aprendí a amar la lectura.

La primera novela que leí fue María, de Jorge Isaacs. Yo tenía apenas nueve años y no entendía muchas palabras, pero aun así seguía leyendo. Había algo en los libros que me hacía sentir menos sola. Mientras otros niños jugaban, yo me sentaba en el piso frío de la biblioteca imaginando mundos completos dentro de mi cabeza.
A veces acompañaba mis lecturas con un helado barato que vendían en el restaurante de la cárcel. Otras veces solo observaba desde las mesas las ventanas lejanas de las celdas.
Fue así como lo vi por primera vez.

Parecía muy joven. Tenía la mirada más triste y rabiosa que yo había visto en mi vida. Se asomaba apenas entre las rejas y observaba todo con una expresión dura, como si estuviera peleando contra el mundo entero.

Me quedé mirándolo demasiado tiempo y, cuando finalmente levantó la vista y me encontró observándolo, me sostuvo la mirada con tanta furia que sentí miedo.
Aparté la vista de inmediato.

Esa noche soñé con él.
Días después volvió a aparecer en la ventana. Esta vez no aparté la mirada. Mi profesora nos había enseñado algo esa semana. Decía que, cuando alguien estuviera triste o enojado, uno nunca debía responder con más rabia.

“A veces las personas necesitan un gesto bonito para recordar que siguen siendo humanas”, nos dijo.
Entonces levanté mi mano e hice el pequeño corazón coreano que ella nos enseñó a hacer con los dedos.

Él frunció el ceño, confundido.
Yo le sonreí.

Y aunque no me devolvió el gesto, tampoco volvió a mirarme con odio.
Desde ese día empecé a hacerlo siempre que iba a la cárcel. A veces le mostraba desde lejos el libro que estaba leyendo. Otras veces levantaba hojas de papel donde escribía palabras como “ánimo” o “sonríe”.

Él nunca respondía.
Pero siempre miraba.
Una noche le pregunté a mi papá quién era.
—Le dicen Cachetes —me respondió mientras calentaba café en la cocina—. Acaba de cumplir dieciocho.
No lo podía creer. Se veía apenas como un muchacho.

Mi papá me contó que había crecido solamente con su abuela y que, cuando ella murió, empezó a juntarse con malas compañías. Robaba, peleaba y reaccionaba con violencia a cualquiera que lo mirara mal.
—Tiene mucha rabia guardada —dijo mi papá—. Por eso lo mantienen aislado. Esa noche pensé mucho en él.

Yo había leído suficientes novelas para saber que las personas no nacían dañadas. Desde entonces me prometí sacarle una sonrisa algún día.

Seguí visitando la cárcel durante meses. Mientras mi papá trabajaba, yo me sentaba a leer novelas prestadas por la biblioteca. A veces no entendía completamente las historias, pero aun así me fascinaban. Sentía que cada libro me enseñaba algo sobre las personas: sobre el dolor, la soledad, el amor y también sobre las segundas oportunidades.

Y siempre, antes de irme, levantaba mi mano para hacerle el pequeño corazón coreano a Cachetes. Poco a poco dejó de mirarme con rabia. Seguía serio, pero algo en su rostro empezó a cambiar.

Mi papá me contó después que había dejado de pelear tanto con los otros presos y que incluso había empezado a leer algunos de los libros que yo le mostraba desde lejos.
Eso me hacía feliz.

Un año después dejé de ir tan seguido a la cárcel.
Mi papá encontró una señora que podía cuidarme mientras él trabajaba y poco a poco Cachetes se convirtió en uno de esos recuerdos extraños que uno guarda sin saber por qué.

A veces, mientras leía alguna novela en mi cuarto, me preguntaba si todavía seguiría enojado con el mundo o si habría aprendido a sonreír.
Nunca imaginé que volvería a verlo.

Aquella tarde la señora que me cuidaba me llevó a comer helado después del colegio. Yo estaba decidiendo entre chocolate y vainilla cuando tres hombres entraron gritando al local.
Todo pasó demasiado rápido.

Las personas empezaron a esconderse debajo de las mesas. Una mujer soltó un grito. Un vaso cayó al suelo y se hizo trizas.
La señora me abrazó de inmediato.

—No los mires —me repetía nerviosa—. Quédate quieta.

Pero yo no podía dejar de temblar.
Los hombres gritaban muy fuerte. Uno golpeaba las mesas mientras otro les quitaba las pertenencias a las personas. Sentí tanto miedo que pensé que iba a ponerme a llorar.
Entonces recordé algo.

La frase de mi profesora.

“Y cuando alguien esté lleno de rabia”, nos decía, “respondan con amor, aunque sea con un gesto pequeño”.
Sin atreverme todavía a levantar la mirada, junté mis dedos e hice el pequeño corazón coreano con las manos.

Lo hice una vez.
Y otra.
Y otra más.

La señora trataba de bajarme las manos del miedo.
—Niña, quieta, por favor…

Pero yo seguía haciendo corazones mientras me temblaban los dedos.
Fue entonces cuando uno de los hombres dejó de gritar.

Sentí sus pasos acercándose lentamente hacia mí.

Mi corazón empezó a latir tan fuerte que pensé que todos podían escucharlo. El hombre se quedó observándome unos segundos.
Después habló en voz baja.
—¿Niña…?

Levanté lentamente el rostro.
Y reconocí inmediatamente aquellos ojos.
H
ay miradas que uno nunca olvida.
—¿Cachetes? —exclamé sorprendida.

Aunque llevaba una capucha negra, pude ver cómo su expresión cambiaba de golpe. La rabia desapareció por un instante y volvió aquella tristeza que tantas veces había visto detrás de las rejas.

Yo le sonreí, aunque todavía estaba asustada.
Y levanté otra vez mi mano para hacerle el corazón coreano.

Uno de los hombres que estaba con él me gritó:
—¡Cállese, niña!

El otro golpeó una mesa con violencia.
Entonces Cachetes reaccionó.
—A ella no la miren —dijo con firmeza.

Los otros hombres soltaron una risa nerviosa.
—¿Y ahora qué te pasa?

Cachetes dio un paso hacia ellos.

—Nos vamos.
—¿Está loco o qué?
—¡Que nos vamos!

Afuera empezaron a escucharse sirenas a lo lejos.
El ambiente se llenó de tensión. Los otros hombres discutían mientras las personas seguían escondidas y llorando.
Yo no entendía nada.

Solo veía a Cachetes parado frente a mí, como si estuviera peleando contra algo mucho más grande que aquel robo.
Finalmente, los otros hombres salieron corriendo mientras afuera las sirenas sonaban cada vez más cerca.
El local quedó en silencio.

Algunas personas seguían escondidas debajo de las mesas. Otras lloraban. La señora que me cuidaba me abrazaba con fuerza, todavía temblando del miedo.
Pero yo solo podía mirar a Cachetes.

Permaneció unos segundos quieto cerca de la puerta, respirando agitado.
Ya no tenía aquella expresión de rabia que observaba detrás de las rejas de la cárcel. Parecía cansado.
Triste.
Pero distinto.
Entonces me acerqué lentamente.
Todavía me temblaban las piernas.
—Gracias por salvarnos —le dije casi en un susurro.

Cachetes bajó la mirada, como si le diera vergüenza escuchar esas palabras. Después volvió a mirarme.
Y por primera vez vi en sus ojos algo que nunca había visto antes:
paz.

Sonrió apenas.
Una sonrisa pequeña, torpe y temblorosa.

Luego levantó lentamente la mano e intentó hacer conmigo el pequeño corazón coreano. Le salió mal.
Eso me hizo sonreír todavía más.

—Tú me salvaste primero —susurró.

Después salió corriendo antes de que llegara la policía.

Yo me quedé mirando la puerta por donde había desaparecido mientras las sirenas sonaban cada vez más cerca.
Nunca volví a verlo.

Pero desde aquel día entendí algo que ni siquiera todos los libros de la biblioteca de la cárcel habían logrado enseñarme:
algunas personas solo necesitan que alguien las mire con humanidad para recordar que todavía pueden cambiar.

Apoya el talento, la imaginación. y el futuro de nuestros pequeños escritores.

Elegir idioma »