A las ocho de la mañana, cuando Roma apenas comenzaba a desperezarse y una nueva jornada empezaba a tomar vida, los religiosos amigonianos participantes en el Curso de Actualización y Renovación Amigoniana (CAR26) hemos vivido uno de los momentos más significativos de estos días: la celebración de la Eucaristía junto a la tumba del apóstol san Pedro, en la cripta de la Basílica de San Pedro del Vaticano.
En un lugar tan cargado de historia y de fe, hemos querido poner ante el Señor nuestro camino personal, nuestra vocación y también el camino de la Congregación. Celebrar la Eucaristía tan cerca de los restos del apóstol Pedro, piedra sobre la que Cristo quiso edificar su Iglesia, ha sido para todos nosotros un motivo profundo de acción de gracias y una invitación a renovar nuestra fe.
La celebración, presidida por nuestro Padre General, nos ha permitido vivir con especial intensidad el sentido de nuestra vocación bautismal. Juntos hemos profesado nuevamente nuestra fe rezando el Credo, como una manera sencilla, pero profunda, de recordar que, antes que nada, somos creyentes, discípulos de Jesús y miembros de su Iglesia.
Ante la tumba de Pedro, nuestra profesión de fe adquiría también un significado especial. El apóstol que un día confesó ante Jesús: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo», sigue recordándonos que toda vocación cristiana nace de una respuesta de fe y está llamada a convertirse en seguimiento, servicio y entrega.
Para nosotros, religiosos amigonianos, este momento ha sido también una oportunidad para renovar el deseo de caminar tras las huellas del Buen Pastor, siguiendo el camino que hemos recibido de nuestro fundador, el padre Luis Amigó. El CAR26 quiere ser precisamente un tiempo de renovación: volver a las fuentes, mirar nuestra vida con sinceridad, agradecer el camino recorrido y descubrir de nuevo cómo estamos llamados a vivir hoy el carisma amigoniano.
La celebración junto a la tumba de Pedro nos ha recordado, además, que nuestra vocación no es una realidad aislada. Somos parte de una Iglesia que tiene raíces profundas, una historia que nos precede y una misión que continúa. Como Pedro y los demás apóstoles, también nosotros estamos llamados a caminar, anunciar y servir, allí donde el Señor nos envía.
A esa hora temprana, mientras Roma comenzaba lentamente su actividad, nosotros iniciábamos el día alrededor de la mesa de la Eucaristía, dando gracias por el don de la fe, por nuestra vocación religiosa y por la misión que compartimos como familia amigoniana.
Ha sido un momento sencillo, pero profundamente significativo. Junto a Pedro hemos renovado nuestra fe; alrededor de la Eucaristía hemos renovado nuestra fraternidad; y ante el Señor hemos renovado nuestro deseo de seguir caminando como amigonianos al servicio de los más necesitados.