El dragón que aprendió a amar
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Categoría:Infantil
En un lugar mas alla de las montan as donde terminaban los mapas, existí a un reino llamado Luminaria. No era un reino como los dema s. En sus cielos volaban dragones de escamas doradas. En los bosques viví an elfos capaces de conversar con los a rboles. Los rí os cantaban durante la noche y, cuando la luna llena iluminaba las montan as, las estrellas descendí an lentamente hasta rozar las copas de los a rboles. En el centro del reino se encontraba la Torre de la Luz, hogar de los Frailes Amigonianos, guardianes de una magia antigua y poderosa. Sin embargo, aquella magia no serví a para lanzar rayos, transformar piedras en oro ni conquistar reinos. Era una magia mucho ma s difí cil. La magia de acoger. La magia de perdonar. La magia de permanecer cerca cuando todos los dema s se marchaban. La magia de sentir el dolor de otro corazo n y la magia de hacer espacio para quien creí a no tener ninguno. Los habitantes de Luminaria llamaban a aquella fuerza: la Luz del Corazo n, durante siglos, los frailes habí an protegido esa luz, pero una antigua profecí a decí a que, algu n dí a, aparecerí a una criatura capaz de apagarla y ese dí a llego . Una tarde, el cielo se volvio negro, los dragones dejaron de cantar, los a rboles cerraron sus hojas, las aguas de los rí os dejaron de brillar. Desde las montan as del norte aparecio una criatura gigantesca, cubierta de escamas oscuras, era un drago n.
Pero no era como los dema s. Sus alas estaban desgarradas. Sus ojos estaban llenos de tristeza. Y de su boca no salí a fuego. Salí a una niebla negra. La niebla avanzo sobre el reino. Donde tocaba, la gente comenzaba a olvidar. Olvidaban sus nombres. Sus suen os. A sus familias. Y, sobre todo, olvidaban co mo confiar. El drago n fue conocido como Noxar, el Drago n del Vací o. Los elfos huyeron. Los guerreros prepararon sus espadas. Los magos levantaron sus bastones.
—¡Hay que destruirlo! —gritaban.
Pero el hermano Elí as, uno de los frailes de la Torre de la Luz, observaba al drago n desde lo alto de la montan a.
—No —dijo.
Todos lo miraron.
—¿No?
—No debemos preguntarnos solamente que ha hecho este drago n —respondio el fraile—. Tambie n debemos preguntarnos que le ocurrio para convertirse en esto.
Los guerreros se burlaron.
—¡Es un monstruo!
El hermano Elí as miro hacia la montan a.
—Tal vez.
Despue s bajo la mirada.
—O tal vez es alguien que lleva demasiado tiempo sufriendo solo.
Nadie respondio . Esa misma noche, mientras todos dormí an, el hermano Elí as salio de la torre. Camino hasta el bosque prohibido. La niebla negra lo rodeo . Y, entre los a rboles, escucho una respiracio n profunda. Noxar estaba allí . El drago n abrio sus enormes ojos.
—¿Has venido a matarme? —pregunto con una voz que hizo temblar las ramas. El fraile no levanto su espada.
—No.
—Entonces, ¿por que has venido?
El hermano Elí as dio un paso hacia e l.
—Porque llevas mucho tiempo solo.
El drago n solto una risa amarga.
—¿Y que sabes tu de estar solo?
El fraile guardo silencio. Luego respondio :
—Se que a veces uno puede estar rodeado de personas y sentirse completamente abandonado.
Noxar no dijo nada. El fraile se sento sobre una piedra.
—No tienes que contarme nada.
El drago n lo observo con desconfianza.
—¿No vas a preguntarme quie n soy?
—Cuando este s preparado.
—¿No vas a intentar cambiarme?
—No.
—¿No tienes miedo?
El hermano Elí as miro al enorme drago n.
—Sí .
Noxar parecio sorprendido.
—Entonces, ¿por que sigues aquí ?
El fraile sonrio suavemente.
—Porque tener miedo no significa que debamos abandonar a alguien.
Durante un largo momento, solo se escucho el viento. Despue s, el drago n bajo lentamente la cabeza.
—Hace mucho tiempo —dijo—, yo tambie n protegí a este reino.
El hermano Elí as escucho . Noxar conto que, an os atra s, habí a sido uno de los dragones guardianes de Luminaria. Pero un dí a, durante una batalla, habí a cometido un terrible error. Por culpa de aquel error, muchos habí an perdido sus hogares. Desde entonces, todos comenzaron a llamarlo monstruo. Los elfos dejaron de acercarse. Los dragones lo expulsaron. Los magos lo condenaron. Y Noxar se marcho a las montan as.
—Al principio estaba triste —dijo—. Despue s me enoje . Luego deje de sentir.
El hermano Elí as permanecio junto a e l. No lo interrumpio . No lo juzgo . No intento justificar lo que habí a hecho. Simplemente permanecio cerca. Y, a veces, esa es la primera forma de compasio n: no abandonar a alguien en el momento en que ma s difí cil resulta estar a su lado. Al amanecer, el hermano Elí as regreso a la Torre de la Luz.
—Noxar no es nuestro enemigo —dijo.
Los guerreros se enfurecieron.
—¡Ha cubierto el reino con oscuridad!
—Sí —respondio el fraile.
—¡Ha hecho dan o!
—Sí .
—¡Entonces debe ser destruido!
El hermano Elí as los miro .
—La misericordia no significa fingir que el dan o no existe.
Todos guardaron silencio.
—La misericordia significa no permitir que el error sea lo u nico que define a una persona.
Pero nadie quiso escucharlo. Entonces, la niebla negra llego a la Torre de la Luz. La oscuridad comenzo a subir por sus muros. Los hechizos de proteccio n comenzaron a romperse. Los dragones huyeron. Los elfos se escondieron. Y, poco a poco, todos comenzaron a olvidar. El hermano Elí as sintio que su propia memoria desaparecí a. Olvido el nombre de su madre. Olvido las canciones de su infancia. Olvido por que habí a decidido convertirse en fraile. Pero entonces escucho una voz.
—¡Hermano Elí as!
Era una nin a elfa. Se llamaba Lira. La nin a habí a llegado a la torre semanas antes. Muchos la habí an rechazado porque tení a una extran a magia: podí a absorber parte de la energí a de otros seres. Algunos decí an que era peligrosa. Otros decí an que no pertenecí a a ningu n lugar. Pero los frailes la habí an acogido. Ahora, Lira sostení a una pequen a luz entre sus manos.
—¡No se olvide de quie n es! —grito .
El hermano Elí as la miro .
—¿Quie n soy?
Lira corrio hacia e l.
—¡Usted es el que me dejo entrar cuando todos decí an que yo era diferente!
El fraile la miro . Y algo dentro de e l comenzo a regresar. Entonces aparecio un joven centauro.
—¡Y usted me ensen o que no tení a que esconderme por ser distinto! Despue s llego una hechicera.
—¡Y usted me perdono cuando yo habí a perdido la esperanza!
Luego aparecio un pequen o duende.
—¡Y usted se sento conmigo cuando nadie querí a hacerlo!
Uno a uno, comenzaron a llegar todos aquellos a quienes los frailes habí an acogido. Criaturas diferentes. Seres rechazados. Personas heridas. Aquellos que habí an sido llamados raros, peligrosos, de biles o imposibles de cambiar. Todos formaron un cí rculo alrededor de la Torre. Y juntos comenzaron a encender pequen as luces. La Torre de la Luz volvio a brillar. Pero la niebla seguí a avanzando. Desde las montan as, Noxar observaba. El drago n podí a destruir la torre.
Podí a cubrir todo el reino con oscuridad. Pero escucho una voz. —¡Noxar!
Era el hermano Elí as.
—¡Ven!
El drago n rugio .
—¡No pertenezco a ese lugar!
El hermano Elí as respondio :
—¡Eso no lo decides tu solo!
—¡Todos me odian!
—¡Yo no!
Noxar guardo silencio.
—¡He hecho demasiado dan o!
—¡Entonces ven y ayu danos a repararlo!
El drago n miro la torre.
—¿Y si vuelvo a fallar?
El hermano Elí as extendio una mano.
—Entonces no estara s solo cuando lo hagas.
Noxar cerro los ojos. Y descendio de la montan a. Cuando el drago n llego a la torre, todos retrocedieron. Los elfos tomaron sus arcos. Los guerreros levantaron sus espadas. Pero el hermano Elí as se coloco frente a Noxar.
—E l viene con nosotros.
—¡Es un monstruo! —grito alguien.
Entonces Lira dio un paso adelante.
—No.
Todos la miraron.
—No sabemos si es un monstruo.
La nin a miro al drago n.
—Sabemos que esta herido.
Noxar bajo la cabeza. Por primera vez en muchos an os, alguien no habí a mirado sus alas rotas. Ni sus escamas oscuras. Ni sus errores. Habí a mirado su dolor. Y entonces ocurrio algo inesperado. Noxar abrio sus alas. La niebla negra salio de su cuerpo. Pero en lugar de cubrir la torre, comenzo a elevarse hacia el cielo. El drago n grito . La oscuridad intento apoderarse de e l.
—¡No puedo! —rugio .
El hermano Elí as se acerco .
—¡Sí puedes!
—¡No!
—¡No tienes que hacerlo solo!
Entonces todos se acercaron. Los elfos. Los magos. Los centauros. Los duendes. Los guerreros. Incluso aquellos que habí an tenido miedo. Todos colocaron sus manos sobre las escamas del drago n. Y cada uno entrego un poco de su luz. La nin a elfa entrego su esperanza. El centauro, su valentí a. La hechicera, su arrepentimiento. El duende, su alegrí a. Y los frailes entregaron lo que habí an protegido durante toda su vida: la misericordia. La oscuridad comenzo a desaparecer.
Noxar comenzo a llorar. Sus la grimas cayeron sobre la tierra. Y donde tocaron el suelo, nacieron flores luminosas. Cuando todo termino , el cielo volvio a llenarse de estrellas. Los dragones regresaron. Los rí os volvieron a cantar. Y el reino de Luminaria volvio a respirar. Pero algo habí a cambiado. Desde aquel dí a, en la entrada de la Torre de la Luz, los frailes colocaron un nuevo sí mbolo: Una gran mesa redonda. No tení a cabecera. No tení a un lugar reservado para los ma s importantes.
Y cada noche, cuando alguien llegaba a la torre, los frailes preguntaban: —¿Hay un lugar para mí ?
Y la respuesta siempre era la misma:
—Sí .
—¿Aunque sea diferente?
—Sí .
—¿Aunque haya cometido errores?
—Sí .
—¿Aunque tenga miedo?
—Sí .
—¿Aunque no sepa co mo volver a empezar?
Entonces el hermano Elí as sonreí a y respondí a:
—Especialmente entonces.
Porque en Luminaria todos aprendieron que la verdadera magia no estaba en los hechizos. No estaba en los dragones. Ni en los elfos. Ni en las espadas encantadas. La verdadera magia era mucho ma s poderosa. Era la mano que se extendí a antes de juzgar. La puerta que se abrí a antes de preguntar. La persona que permanecí a cerca cuando todos los dema s se alejaban. El corazo n capaz de perdonar sin olvidar el dan o. Y la mesa donde siempre se hací a espacio para uno ma s.
Desde entonces, los habitantes del reino repitieron una frase que se convirtio en leyenda:
«Nadie es tan oscuro que no pueda encontrar una luz.
Nadie esta tan lejos que no pueda ser alcanzado. Nadie ha caí do tan bajo que no pueda volver a levantarse. Y nadie debe caminar solo cuando todaví a existe alguien dispuesto a caminar a su lado». Y cuentan que, en las noches de luna llena, cuando los dragones vuelan sobre las montan as y los a rboles susurran entre las estrellas, puede verse una luz encendida en la Torre de los Frailes. Es la luz de la acogida. La luz de la misericordia. La luz de la cercaní a.
La luz de la compasio n. La luz de la inclusio n. Y mientras esa luz continu e encendida… en el reino de Luminaria, siempre habra un lugar para uno ma s.
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