El faro de las manos abiertas

Gabriel Alessandro Peñalosa Gutiérrez

Categoría:Infantil

En la orilla del mar, donde el sol pinta de dorado las olas y el viento trae canciones de la Guajira, vivía el pequeño Kasi. Su abuelo le contaba siempre que el mundo era como una gran casa, y que para entrar en ella solo hacía falta tener las manos abiertas y el corazón listo para acoger.

En la orilla del mar, donde el sol pinta de dorado las olas y el viento trae canciones de la Guajira, vivía el pequeño Kasi. Su abuelo le contaba siempre que el mundo era como una
gran casa, y que para entrar en ella solo hacía falta tener las manos abiertas y el corazón listo para acoger.

Pero en ese tiempo, el faro que guiaba a los barcos se había apagado. Los pescadores no encontraban el camino de regreso, y la gente del pueblo cerraba sus puertas y sus
corazones, con miedo a lo que no conocían. Un día, llegó una niña, se notaba que era de tierras lejanas, su nombre era Lila. Venía sola, con una mochila pequeña y ojos tristes,
pues su pueblo se había quedado sin agua y había tenido que viajar muy lejos. Cuando preguntó si podía quedarse un tiempo, muchos le dijeron que no había espacio, que no
conocían sus costumbres y que mejor se fuera a otro lado.

Kasi la vio sentada en la arena, abrazando sus rodillas, y recordó las palabras de su abuelo. Se acercó, se sentó a su lado y le ofreció un pedazo de queso y un vaso de agua:
—No te preocupes —le dijo—, aquí tenemos sitio para ti. Mi abuelo dice que las manos se hacen más grandes cuando se usan para ayudar.

Lila le contó que en su tierra sabían cuidar los pozos y hacer crecer las plantas con muy poca agua. Kasi la llevó hasta su casa, y aunque al principio su familia dudó, al escucharla y
ver su bondad, la recibieron con cariño. Poco después, invitaron a los vecinos:

—Ella sabe cosas que nosotros no sabemos —explicó Kasi—, y nosotros sabemos cosas que ella necesita. Si trabajamos juntos, todos ganamos.

Poco a poco, más personas se sumaron. Unos enseñaron a Lila a pescar y a conocer los vientos de la costa; ella les enseñó a reparar los pozos y a cuidar el agua. Juntos descubrieron
que el viejo faro no se había roto: simplemente necesitaba el esfuerzo de todos para volver a encenderse. Con las manos de los niños, la sabiduría de los mayores y las ideas nuevas
de Lila, limpiaron las lentes, arreglaron la escalera y encendieron la luz una vez más.

Desde entonces, el faro brilla con más fuerza que nunca. Pero no solo guía a los barcos: también le recuerda a todo el pueblo que la verdadera luz no está en las lámparas, sino en
la acogida, en la misericordia y en saber que nadie es tan pequeño que no pueda ayudar, ni tan distinto que no pertenezca.

Y así, en ese rincón del mundo, construyeron un lugar donde todos tenían un sitio, donde las diferencias se hacían fortalezas y donde cada mano abierta era un rayo de luz para
quien lo necesitaba.

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