Un campamento muy peculiar
Keyna Ifeanyi, Sahory Ifeanyi y Miguel Vallecillo
Categoría:Infantil
– ¡Toooma ya! ¡Y otro! ¡Y otro!
Cada vez me voy pringado más de esta cosa viscosa. No sé qué hacer o cómo decirle que pare. – Mírale, ¡la gallina con sus huevos! Jajajaja.
A mí, no me hace nada de gracia.
¡Pero bueno! Mejor os voy a poner contexto. ¡Hola chicos y chicas! Me llamo Martín y tengo 12 años. Os preguntaréis como me he metido en este lío. Pues bien, todo comenzó antes de ayer. He terminado el colegio y a mis padres no se les ha ocurrido nada más y mejor que un maravilloso campamento de verano el cual, yo no quería ir. No conozco a nadie de allí, no van ni mis amigos del barrio ni del colegio. No me apetece pero aquí estoy, preparando la mochila porque me voy mañana.
– Cariño, no te olvides de llevar el champú – dice mamá.
– Y la linterna hijo, que sino a ver cómo vas a ir al baño – dice papá.
– ¡Y lleva gallumbos, pringao’! – grita mi hermano, Carlos desde su habitación.
Suspiro. Que pesados son… ¿Por qué me tiene tocar a mí y no le tocó a mi hermano en su momento? Tiene 17 años y se cree el más guay, en fin. Termino la mochila y la dejo preparada en la entrada de casa. Por lo menos hoy toca para cenar lasaña, ya que mi madre se siente mal por llevarme a ese campamento sin mi consentimiento. Lo repito. No quiero ir.
– ¡Mira hijo! He comprado refrescos y gominolas para mañana el autobús – la miro y tiene una sonrisa de oreja a oreja. – ¿Qué te pasa?
– Nada mamá, muchas gracias.
– ¡Buah, 10 días sin tener que aguantarte, qué gusto! – expresa mi hermano, el más simpático, por cierto.
– No digas eso hijo – dice papá. – Que la última vez que se fue con el colegio una noche a dormir fuera no pudiste pegar ojo de lo preocupado que estabas.
– ¡Eso fue hace mucho! – grita Carlos.
Es una cena como una cualquiera, pero les noto pegajosos, demasiado cariñosos… Pero bueno.
Al día siguiente, esperando a que viniera el autobús se presentaron Felipe y Laura, unos niños que venían al campamento. Desde el primer momento nos caímos bien y nos sentamos juntos en el autobús e hicimos planes para sentarnos juntos para comer. Nada más pisar un pie en el autobús tuve un mal presentimiento, pero igualmente me despedí de mis padres.
El camino se hizo corto la verdad ya que íbamos contando chistes y adivinanzas.
– ¿Qué se dice una cereza al mirarse al espejo? – dice Felipe
– No sé, ¿qué dice? – pregunta Laura
– ¡Eso, eso! – pregunté
– ¿Cere éza? – contesta Felipe.
Nos reímos todos. La verdad que son súper graciosos.
Al llegar supe que estaba en la misma cabaña que Felipe, lo cual me tranquilizó. Los monitores nos prepararon actividades y un pis pas, era de noche. No tengo miedo a la oscuridad ¿eh? Para nada. Sólo me gusta tener un poco de luz para poder ver lo que ocurre a mí alrededor. Nada fuera de lo común.
– ¡Buah! ¿Y has visto el pedazo salto que he hecho a la piscina de barro? ¡Qué locura! ¡Ha sido una pasada! – comenta Felipe.
– Sí, sí, muy guay. – respondo.
– ¿Y cuando hemos tenido que coger huevos con la boca? ¡Tío que asco la harina! – dice Felipe riéndose.
– Sí. – respondo. Miro por el techo buscando arañas.
– ¿Qué te pasa? – pregunta Felipe
Miro alrededor y los otros niños están más alejados. Me pone muy nervioso decir la verdad, pero bueno Felipe no se le ve mal niño.
– Pues verás… Es que… Eh… Tengo miedo a la oscuridad – susurro.
– ¡¿QUÉ DICES?! JAJAJAJA – dice un niño detrás nuestra. Pedro se llama, antes me ha tirado en la piscina de barro y me estampó un huevo en la cabeza.- ¿12 años y sigues teniendo miedo a la oscuridad? Eres una gallina bro.
– ¡No soy ninguna gallina! – contesto gritando.
– ¡Claro que lo eres! ¡Bah! – responde Pedro.
– ¡No! ¿Qué te apuestas a que puedo ir al baño sin linterna y volver y estar bien? – digo lanzando un reto, el cual me arrepiento nada más decirlo.
– ¡Venga vale! Me apuesto la tarea de fregar los platos. – contesta Pedro con aire superior. – ¿Qué dices tío? ¿Por qué vas a hacer eso? – pregunta Felipe
– No te preocupes Felipe, lo tengo todo bajo control – respondo con una sonrisa.
Pues claro que no lo tengo bajo control, pero qué digo. ¿Por qué no pienso antes de hablar? ¿Y yo ahora qué hago? Pues nada, allí que fui. Abrí la puerta de la cabaña y me aventuré por el bosque de noche hacia los baños. Me daba miedo hasta pisar el suelo del ruido que hacían las hojas al crujir. Me quedaba ya poco para entrar en el baño, cuando escucho algo que se acercaba, pero no sonaban a pasos de persona, sino de un animal. ¿Qué se me ocurrió hacer? Correr como un loco hacia la puerta del baño y cerrarla tan fuerte que casi cae. Me costaba respirar y me temblaban las piernas, por lo que me senté un rato en el suelo. Notaba frío y no entendía el por qué si estábamos en verano a 21º por la noche, pero bueno. Me levanté para ir a beber agua al grifo cuando vi algo salir de la pared. Eso no tenía pinta de ningún animal, ni de una persona… O eso creo. De repente veo algo blanco desapareciendo por la ventana. Se me quitan las ganas de beber agua. Escucho el crujir de la puerta de la entrada del baño, se abre despacio. Escucho unos pasos y veo una luz parpadear. Me quedo paralizado, con mucho miedo.
– ¿Hola?… ¿Q… q… quién hay ahí?… – pregunto tartamudeando.
Escucho un ruido detrás de mí. Han tirado algo por la ventana.
– ¿Hola? – pregunto de nuevo.
– ¡Buuuh!
Se cierra la puerta de golpe y pego un grito. Está a oscuras y no veo nada. Me tiro al suelo debajo del lavabo mientras veo pasar algo súper rápido. El corazón me va a mil. Salgo corriendo hacia la cabaña y me cuesta respirar. Nada más llegar me ve Felipe con cara de angustia.
– ¿Qué te pasa Martín? – pregunta Felipe.
– ¡JAJAJAJA! ¡Qué pringao’ bro! ¡Tenías que haberte visto! – dice Pedro. – ¿Eras tú con una sábana blanca? – pregunto enfadado. – ¡No ha hecho nada de gracia!
Se abre la puerta y aparece Óscar, el monitor para decirnos que nos vayamos a dormir. Me voy muy enfadado a la cama, pero bueno.
Al día siguiente mientras desayunamos le contamos a Laura lo ocurrido.
– ¡Qué malo es! ¿Cómo te encuentras ahora Martín? – pregunta Laura. – Pues bueno, la verdad que me da mucha vergüenza porque ahora todo el campamento sabe que me da miedo la oscuridad. – respondo triste.
– Pero mira Martín, no pasa nada, cada uno tiene miedo a algo. Tú eres súper valiente contra las arañas, ¡y a mí me aterran! – dice Felipe.
Agradezco las palabras de mis nuevos amigos, ya que me consuelan mucho. Pasamos el día intentando pasarlo bien con las actividades y el resto de compañeros, pero os seré sincero, me costaba mucho concentrarme ya que Pedro estaba siempre ahí.
Casi era la hora de cenar por lo que fui a ducharme pero al salir, ahí estaba él de nuevo. Pero esta vez, con huevos. No paraba de tirarme huevos a la cabeza.
– ¡Toooma ya! ¡Y otro! ¡Y otro!
Cada vez me voy pringado más de esta cosa viscosa. No sé qué hacer o cómo decirle que pare.
– Mírale, ¡la gallina con sus huevos! Jajajaja. – dice a carcajadas Pedro. – Esto está muy feo Pedro – dice Felipe.
– No me gusta nada lo que me has hecho Pedro, no te hice nada. Ahora me tengo que volver a duchar y tengo hambre, no quiero discutir. – contesto.
– ¡Eres un matón! – grita Felipe. – ¡No piensas en los demás!
Yo, me desentiendo y me dirijo a la ducha. La verdad es que se me escapan un par de lágrimas pero la verdad saber que Felipe ha intentado ayudarme, me da fuerzas. Por lo que esta noche, pienso hablar con Pedro. ¡No quiero pasar el resto de días así!
En la hora de la cena Pedro se sienta a dos mesas lejos de mí, por lo que me espero a que terminemos de cenar y le llamo.
– ¡Pedro! ¿Puedo hablar contigo? – pregunto.
– ¿Qué quieres gallina? – responde Pedro.
– Mira, para empezar, si vas a faltarme el respeto no voy a hablar contigo. No te he hecho nada y acabamos de empezar el campamento como para tratarme así. No te conozco, no me conoces, asique quiero que pares.
Pedro se queda mirándome un largo tiempo sin decirme nada. Cuando ya iba a volver a hablar es entonces cuando me dice algo que no pensé que diría.
– Lo siento, tienes razón. No sé por qué pero estoy muy enfadado. Pero no contigo, de verdad. Lo siento. – me dice Pedro.
– Mira, yo si quieres hablar de algo o si te he hecho algo mal, prefiero que lo solucionemos. – contesto.
– ¡Ey Pedro! ¿No te estarás metiendo otra vez con Martín, cierto? – vienen Laura y Felipe corriendo a donde nosotros.
– No chicos, tranquilos. Estamos hablando. – contesto.
– Ah, perdonar. Os dejamos entonces. – dice Felipe.
– ¡No, no pasa nada chicos! Perdonar a vosotros también. – dice Pedro.
– Me alegra ver que estás pidiéndonos disculpas. Quería preguntarte ¿por qué nos has hecho esto? – pregunta Felipe. – La verdad que ha sido muy incómodo todo. – Sí, tenéis razón. Es que no conozco a nadie y preferí hacerme el chulo y el malo para que socializar más. Pensé que serviría. – contesta Pedro muy triste.
– ¿Y por qué no lo has dicho antes? Podríamos haber sido amigos desde un principio – contesta Laura.
– No sé, os vi ya en el autobús tan bien, que pensé que no me dejaríais. – Mira, te perdono Pedro. Es mejor perdonar que guardar rencor y además, nos lo pasaremos genial en el campamento.
Pedro se sorprendió y empezó a sonreír, no, ¡a reírse! Y nos reímos todos. Nos dimos un fuerte abrazo entre todos, como si hubiésemos sido amigos desde el principio.
– Gracias chicos – dice Pedro. – Quiero agradeceros que me hayáis enseñado que no hay que guiarse por el enfado, sino saber perdonar, hablando con las personas en vez de usar la violencia como venganza. Al final, la violencia causa más violencia, y eso empeora las cosas. Y además, ¡mola más no ser un matón!
– El perdón hace que tengamos el corazón más grande, para poder amar. – contesta Felipe.
– Bueno, pues vaya aventura y comienzo de campamento – contesta Laura. – ¿Qué os parece que hagamos una travesura a Fernando, el monitor, por lo que nos hizo en la gymkhana? – pregunta Laura.
– ¿Pero qué os hizo? Yo estaba justo con Óscar – digo.
– ¡Buah tío! Nos tiraron a la piscina de barro y yo no me quería manchar el pelo, fue horrible – dice Laura.
– ¡Venga, vamos a planearlo! – dice Pedro.
– Pero, ¿qué te esperabas de una gymkhana guarra? – digo mientras me río.
Nos vamos los cuatro hacia la cocina para cambiar las etiquetas del azúcar y la sal, ya veréis que divertido…
A la mañana siguiente, fue una mañana más. Pero muchos monitores escupieron su café al suelo. Menos Fernando, el que queríamos que lo hiciera. Ese día decidió tomar colacao. ¿Qué si me lo pasé bien el resto del campamento? Pues… No. Pero sí. Pero no. Pero bueno, tenía a Laura, Felipe y Pedro, y eso era lo que más me importaba.
Recordar chicos y chicas, no guardéis rencor y perdonar, ya que eso hace que la convivencia sea un lugar mejor.
Fin
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