Una mano que abrió las puertas
Jeremy Joseph Márquez Montero
Categoría:Infantil
Un lunes llegó un estudiante nuevo al Colegio La Sagrada Familia de Villanueva. Se llamaba Jeremy y venía de un colegio de El Molino. Estaba contento porque iba a conocer un colegio diferente, pero también sentía un poco de nervios porque no conocía a nadie. Era la primera vez que cambiaba de colegio y no sabía muy bien cómo iban a ser las cosas.
Cuando entró, comenzó a observarlo todo. Vio los salones, la biblioteca, la cafetería y la cancha. Todo era distinto a lo que estaba acostumbrado. Mientras caminaba, pensaba que tendría que aprender dónde quedaba cada lugar y conocer a muchos compañeros nuevos.
También se preguntaba cómo serían los profesores y si las clases serían muy diferentes.
Al entrar al salón, la profesora sonrió y dijo:
—Buenos días, compañeros. Hoy tenemos un estudiante nuevo. Él se llama Jeremy y, desde hoy, hará parte de nuestro curso. Espero que entre todos lo recibamos muy bien.
Algunos estudiantes lo saludaron con una sonrisa; otros solamente lo observaron durante un momento. Eso sucede muchas veces cuando llega alguien nuevo: todos sienten curiosidad y quieren saber quién es.
Jeremy se sentó en su puesto y trató de prestar atención a la clase, pero también pensaba en cómo sería el descanso. No era porque tuviera miedo, sino por esa sensación que se siente al llegar por primera vez a un lugar donde todavía no se conoce a nadie. Seguramente a muchos estudiantes les pasaría lo mismo.
Cuando sonó el timbre, un niño llamado Carlitos se acercó.
—Hola, ¿tú eres el compañero nuevo?
—Sí. Me llamo Jeremy.
—Mucho gusto. Ven con nosotros, si quieres. Yo te muestro el colegio.
Jeremy aceptó con una sonrisa.
Mientras caminaban, Carlitos le mostró la biblioteca, los salones y la cancha. También le explicó cómo eran los horarios y algunas cosas del colegio. Después hablaron de fútbol, de videojuegos y hasta de la comida que más les gustaba. Sin darse cuenta, ya estaban conversando como si se conocieran desde hacía varios días.
Con el paso de la semana, Jeremy fue conociendo mejor a sus compañeros. En algunas clases tenían que trabajar en grupo y eso le ayudó mucho a conversar y a relacionarse con los demás. Unas veces hablaban de las tareas y otras, de los juegos o de lo que hacían cuando salían del colegio. Jeremy les contaba cómo era El Molino.
Sus compañeros también le contaban cómo era Villanueva e incluso le recomendaban lugares para visitar con su familia.
A veces había costumbres diferentes o palabras que no todos conocían, pero eso nunca fue motivo de burla. Más bien, les daba curiosidad y aprovechaban para aprender unos de otros. Sin darse cuenta, las diferencias los fueron uniendo y cada día se entendían un poco más.
Unas semanas después, llegó una niña nueva al curso. Entró mirando hacia todos lados, como tratando de recordar dónde quedaba cada salón. Jeremy la vio y enseguida recordó su primer día.
Se acercó y le dijo:
—Hola, soy Jeremy. Si quieres, durante el descanso te enseño dónde quedan la biblioteca, la cafetería y la cancha. También puedes estar con nosotros.
La niña sonrió.
—Gracias. Pensé que me iba a tocar estar sola.
Jeremy también sonrió y respondió:
—No te preocupes. Todos alguna vez somos nuevos.
Los dos caminaron hacia el descanso mientras los demás se dirigían a realizar sus actividades habituales. En ese momento, Jeremy recordó que, cuando él llegó, Carlitos había hecho exactamente lo mismo.
Tal vez Carlitos nunca pensó que un saludo y una invitación podrían ayudar tanto, pero sí lo hicieron. Gracias a ese gesto, el colegio dejó de sentirse tan extraño.
Desde ese día, Jeremy entendió algo muy importante: no siempre se necesita hacer algo grande para ayudar a otra persona. A veces basta con saludarla, escucharla, acompañarla o invitarla a compartir un rato. Puede parecer algo pequeño, pero para quien llega nuevo puede significar mucho.
Con el paso de los meses, Jeremy ya conocía el colegio, tenía buenos amigos y se sentía parte del grupo. También comprendió que cambiar de colegio siempre trae cosas nuevas y algunos retos, pero esos retos se hacen más fáciles cuando hay compañeros que reciben a los demás con respeto, paciencia y cariño.
Desde entonces, cuando llegaba un estudiante nuevo, Carlitos ya no era el único que se acercaba a darle la bienvenida. Otros compañeros también lo hacían. Casi sin darse cuenta, el curso fue cambiando.
Comprendieron que los valores amigonianos no solo se aprenden cuando un profesor los explica o cuando aparecen escritos en un cartel. También se viven cuando alguien comparte su tiempo, ayuda a otra persona, la incluye en un juego o simplemente le dice:
—Bienvenido. Aquí puedes contar con nosotros.
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